lunes, 29 de noviembre de 2010

Hazte viejo.

[Ha empezado a llorar el invierno y ya se avistan los primeros tejados blancos y fríos. Cada mota de nieve se queda en la punta de la nariz, derritiéndose con el calor de la carne. El paisaje es bello, de postal.
Y él está allí, sentado en su banco, como casi siempre. Pensando en no sabe muy bien el qué o quién. Con la mirada perdida contando la nieve caer. Mientras la gente pasa por delante de él, no ve a nadie. Solo la nieve, buscando las razones que le han hecho estar allí.]

-- Buenas tardes. Aunque más que buenas, frías, ¿no estás de acuerdo?

[La voz le era familiar. En seguida se dio cuenta de que la había escuchado hace algo más que un par de meses atrás. Cálida, paternal y con una melodía lenta que te enganchaba a escucharla. Se giró y no se equivocaba. Era él, otra vez y sin saber cómo le había vuelto a encontrar.]

Pues la verdad es que sí, ya se nota el invierno. Pero me gusta, me aísla un poco de todo. ¿Quieres sentarte o estás de paso?

-- Ya que invitas, me sentaré un rato. No me vendrá mal algo de conversación humana… Y creo que a ti tampoco.



-- Si no quieres no me lo cuentes. Nos limitaremos a mirar al infinito durante unos minutos y luego me iré. Pero soy todo oídos amigo.

[Realmente no quería compañía en ese momento, daría todas sus extremidades por existir solo en el mundo pero aún así una pequeña parte de él daba gracias al cielo por su llegada. Explotaría si no.]

Nunca he sido el hijo perfecto. Tampoco soy el mejor amante. Y en un grupo de amigos no doy la nota. Sinceramente no destaco para bien, pero tampoco lo hago para mal. Soy normal. Como creo que eres tú y lo es la señora que está paseando el perro al otro lado de la calle. Pero me considero responsable, con la ética y moral suficiente para verme buena persona. Trabajador y luchador hasta que me exhausto. Por la gente que quiero intento darlo todo. Me ofrezco, ayudo. Intento estar pendiente de ello.
Cuando trabajo me dedico al 100 %, sea la hora que sea. Aunque vengan mal dadas. Aunque otros te pisen o te intenten contagiar con su indolencia. Procuro dar una sonrisa a todo el que me cruzo. A todo aquel que me solicita ayuda o simplemente tiene algo que le ronda la cabeza y necesita aclaración.
Cuando estoy trabajando dedico mi vida a ello, aunque a veces no salgan las cosas bien y otras muchas nadie te lo agradezca.
Cuando no estoy en ello, cuando estoy viviendo, intento disfrutar de manera humana. Sin sobresaltos que afecten a mi bienestar y al de los míos. Procuro no perjudicar a quien tengo alrededor.
Y a cambio no tengo más que malas palabras del destino. Me escupe a la cara mientras se ríe. Me aparta gente de mi vida, sin ofrecer excusa. Me ofrece desengaños sin aceptar un no y me deja bañándome en la impotencia y la rabia.
Cuando llego a casa no puedo más que sentirme imbécil. Inútil. Como si después de 23 horas de esfuerzo y partirme los cuernos en la última, todo lo construido se fuera por donde amargan los pepinos.
Toda satisfacción personal es por propia iniciativa. Es puro placer ficticio. Simplemente interior. O porque yo lo compro. Porque yo me lo dedico y me doy el capricho.
La casa sigue vacía. El teléfono no suena. Y las sábanas continúan frías.
¿Mi apoyo? Un jodido paseo bajo el frío de esta ciudad en la que no importas a nadie. Que te da y te quita según le place.
Dime, ¿a quien reclamo? Y no te hablo de felicidad. Qué sé yo lo que es sentir eso, porque en ningún diccionario lo pone.
Pero, ¿y un poco de gratitud? ¿Un poco de alegría gratuita? Placer ya tengo. Eso se consigue con un par de monedas y tiempo libre.
Porque cuando paso un tramo del camino lleno de arbustos al poco me aparece otro lleno de piedras.
Me levanto y me vuelto a levantar. Pero a veces cansa. También gusta de disfrutar un poco de constancia. No tragar polvo y arena a cada decisión.
Realmente no es grave, por eso no pido tanto. Creo que todos merecemos un poco más de lo que nos dan. Y lo reconozco, a veces la envidia me quema viendo como otros tienen lo que quieren y más, sin demasiado esfuerzo. Incluso después de mostrar su verdadera cara, la vida les sigue sonriendo. Como si la desgracia ya tuviera una cabeza de turco, pasando de ellos.

[Después de su verborrea se quedaron unos minutos en silencio. Seguía cayendo la nieve en la ciudad, no había tregua. Hasta que al fin, el viejo habló].

-- Vaya… Parece que de verdad el Sr. Invierno ha llegado de sus vacaciones. Esperemos que este año no venga con ganas. Mis huesos ya tienen demasiados años para lidiar con él.

Pues si que realmente eres todo oídos, pero llenos de cera.

-- No te hagas el listo conmigo joven. Te he escuchado atentamente cada sílaba que se ha ido por tu boca. ¿Pero qué quieres que te diga? Nadie elige nacer. Ni elige a sus padres. Ni el hospital donde nace. No elegimos a nuestros amigos. Ni podemos elegir a nuestra pareja. No elegimos nuestros gustos por los colores o los sabores. Nadie nos da opción a que nuestra genética salga hecha para un deporte. O nuestro talento se enfoque a un arte.
A cambio, podemos elegir que estudio escoger, que trabajo realizar. Podemos elegir qué libro leer antes de acostarnos. O podemos escoger entre un grupo de canciones para escuchar mientras paseamos. Podemos elegir en qué tienda de ropa entrar primero. O qué película ver con los amigos que nos vienen dados. A veces incluso podemos elegir una ciudad en la que vivir. Una casa que alquilar o un reloj que comprar.
Podemos elegir si cenar en casa o fuera. Pero no podremos elegir qué gusta a nuestro paladar. Por lo que cocinaremos en función de ello. Como nuestra ropa irá acorde a nuestros gustos de colores.
Al igual que amaremos a quien hace que nuestro corazón estalle al verla. Reiremos con los amigos que la casualidad y una clase nos brindó. También trabajaremos codo con codo con los compañeros obligados que nos dio la opción de elegir ese trabajo. Y amaremos sin darnos cuenta a esos padres que nos vieron nacer. Que tú no elegiste, pero que ellos te eligieron a ti.
He llegado a mi edad porque aprendí a hacer esas diferencias. A luchar cada día. Y aceptar lo que me viene tal como es, o puliéndolo para poder aceptarlo.
Las cosas pasan porque hacemos que pasen. Tú eliges una acción y puedes esperar un resultado, que no siempre será el bueno.
Aprende a aceptarlo. La vida te está dando una lección que no todos tienen la suerte de aprender pronto. Otros tardan años en poder aprenderla y luego casi ni tienen tiempo en llevarla a cabo.
¿Te caes? Levántate. ¿No te dan las gracias? Dátelas tú. ¿No te llama? Llama a otro y cuéntaselo. Si no te espera nadie en casa, no esperes tú en la puerta de nadie.
¿Algo roto? Repáralo. ¿Tus sábanas están frías? Otras también lo están, es cuestión de tiempo que os pongáis de acuerdo. Ya llegará.
Tal vez no recibas una palmada en la espalda, o un abrazo. Pero ten por seguro que lo hiciste bien y que gracias a ello, alguien dormirá tranquilo y en paz esa noche.
¿Ves mis arrugas? Están marcadas por los años y las experiencias. Y bien sabe Dios que nunca fui un santo ni devoto. Pero no es menos cierto que aprendí que no podemos tener todo cuando queremos. Que la felicidad viene con cuenta gotas. Y yo vacié mi vida en un torrente. Por eso cuando me deba tocar las puertas del Cielo, San Pedro me abrirá sin pedirme explicaciones.
Nunca he tenido que rendir cuentas a nadie porque hice todo según me dictaba el corazón. Aunque no recibiera premio alguno. Aunque las gracias fueran con boca pequeña.
Vive sin tener que dar cuentas. Si te equivocas puedes volver atrás y arreglarlo. No llores cuando te vengan mal dadas o te deshidratarás.
Convierte tu rabia e impotencia en fuerza y coraje. Y pronto te llegará. Un buen amigo que te escuche. Una persona que te cuide y te espere con las sábanas cálidas…
Pero no dejes a un lado tus costumbres. Coge tiempo para ti, como hoy, para venirte a tu banco. Para pasear bajo el frío, la lluvia o la nieve. Revuélcate en el fango de vez en cuando pero luego date una ducha de tranquilidad y amor propia. Es esencial confiar en la capacidad de cada uno.
Siéntete útil con cada acto.



-- [Suspiró]… Resulta que tengo los oídos más limpios de lo que quieres creer.

Pues sí querido viejo. Entonces, ¿qué hago?

Hazte viejo con los años, no con el daño…