Yo no nací para estas cosas ni para aquellas. Nadie implantó en mis genes el don de saber decidir qué hacer, cuándo y cómo hacerlo.
En lugar de eso me registraron el de la chispa, que en cualquier momento y lugar prende diciendo lo que pienso. Asumiendo las consecuencias pero sin arrepentirme. Soy asi, no lo puedo remediar. Ni lo pienso cambiar.
Para muchos un defecto, un síntoma claro de inmadurez, de persona poco inteligente y que jamás ha salido de casa.
Para pocos, una virtud. Algo que puede protegerte (y que de hecho lo hace) en muchísimas ocasiones.
Para mi no es más que una característica, un rasgo, un acerco. Que como cualquier otra, en determinados momentos puede sonreirte y, en otros, escupirte. Ni más blanco, ni más negro. No soy quien para juzgar a nadie desde mi punto de vista y opinión personal. Pues no todos miramos las cosas, las acciones, y a las personas, con el mismo rasero.
No nací Dios ni jamás me convertiré en él a pesar de que muchos dicen que nos hizo a su imagen y semejanza.
Dicha toda esta parafernalia que no viene a cuento y que ya olvidé te comento:
Si yo, que soy de impulsos, de dar latigazos según me vienen y besos según los siento, ¿cómo voy a pararme a pensar la forma en decirte lo que siento? Si yo (repitiéndome), especialista doctorado en hablar sin pensar, no te lo he dicho ya en cualquiera de los momentos que hemos coincidido, no sé cómo lo haré despacito, con buena letra y pieza a pieza.
Espera, dejame terminar. Luego, si quieres, callaré y tus palabras serán mis únicas dueñas.
Empezaré por lo que más sencillo me resulta; ponerme a parir y unas cuantas cosas más:
No sé cantar, ni pintar, ni dibujar y si intento bailar se me enredan los pies y caigo. Puedo jugar a cualquier deporte pero ninguno se me da bien. No suelo dar paz ni tranquilidad. Aún menos se dar consejos que ni tan siquiera soy capaz de seguir yo mismo. El único peinado que sé hacerme es levantarme los pelos para arriba. Soy desconfiado; tal vez a causa de terceros.
No sé contar chistes, ni anécdotas; por consiguiente no sé hacer reir. Ni consolar ni animar. Soy un completo inútil de los sentimientos.
Tengo cara de tonto. Tanta y tan clara que cualquier que pase por mi vida, si quiere, me engaña. A pesar de ser muy desconfiado, caigo fácil.
Abdominales tengo, sí, uno. En altura me gana un doberman de pie.
Y a veces ni yo mismo me aguanto de lo insoportable que puedo llegar a ser.
Lo poco que tengo es coraje (que no es poco, el cual me sobra) para levantarme las veces que sean necesarias para continuar. Solo o en compañía.
Creo que sé escuchar y que la paciencia hizo de mi su hogar. Egoísmo no tengo, lo tuve y aprendí a dejarlo por el camino. Doy lo que tengo y lo que no tengo lo busco para darlo. Tal vez ahí radique mi punto débil.
Si alguien me importa, me vuelvo por esa persona aunque a veces duela. Lo doy todo por ella por lo que nunca le faltará de nada ni se sentirá sola.
Supongo que no todo era malo. Que rascando un poco siempre se puede encontrar algo duce. Pero [que en todas ocasiones existen los “peros”, que no los manzanos] en general, ya ves, asi los hay hasta en el reino animal.
¿Y qué te digo yo ahora? Que me gustas igual queda mejor dejarlo para los de quince años. Que te quiero o estoy enamorado de ti es demasiado, siendo sincero.
Díficl es encontrarte una o dos palabras adecuadas que sean capaz de dar forma a algo abstracto. Más fácil me resultaría decírte que no eres ni más, ni menos, de lo que busco o espero encontrar.
Eres sencilla, inteligente, preocupada y accesible. Lo suficientemente risueña para contagiarme.
No tienes temas tabús y te sobrna temas para conversaciones de meses de duración. Tienes esa cara y ese halo de inocente que tiene una niña de cuatro añitos pero con la madurez de una mujer en el ocaso de su vida.
Sabes hacer reír sin querer y sin saberlo. Con una broma, un despiste o una sonrisa.
Da gusto compartir el tiempo contigo. Llenas hueco y ayudas sin darte cuenta.
No tienes síntomas de una persona egoísta, rencorosa o traicionera. Mucho menos te imagino mintiendo.
Y eres guapa. Lindísima. Dan ganas de comerte con boquita pequeña para poder disfrutar cada mordisco...
Lo fácil está hecho. Dicho está y este escrito actuará de testigo para las veces que necesites.
¿Y ahora? Ahora nada. Esto no necesita retroalimentación. Lo que yo quiera o desee carece de importancia. Todos tenemos espectativas que a veces conseguimos cumplir y otras no alcanzamos.
Como puedes ver no lloro, no tengo cara triste ni de angustia. Ni tan siquiera melancolica o de corderito degollado. Estoy feliz, sonriendo y aceptando las que me vengan.
Tal vez por la costumbre, tal vez porque hay determinadas cosas que por mucho que otros lo intenten, no me afectan.
Ahora tú, si quieres, puedes hacer uso de mi silencio y hablar. Yo ya dije todo lo que tenía que decir.
“Cartas de un despreocupado.”
En lugar de eso me registraron el de la chispa, que en cualquier momento y lugar prende diciendo lo que pienso. Asumiendo las consecuencias pero sin arrepentirme. Soy asi, no lo puedo remediar. Ni lo pienso cambiar.
Para muchos un defecto, un síntoma claro de inmadurez, de persona poco inteligente y que jamás ha salido de casa.
Para pocos, una virtud. Algo que puede protegerte (y que de hecho lo hace) en muchísimas ocasiones.
Para mi no es más que una característica, un rasgo, un acerco. Que como cualquier otra, en determinados momentos puede sonreirte y, en otros, escupirte. Ni más blanco, ni más negro. No soy quien para juzgar a nadie desde mi punto de vista y opinión personal. Pues no todos miramos las cosas, las acciones, y a las personas, con el mismo rasero.
No nací Dios ni jamás me convertiré en él a pesar de que muchos dicen que nos hizo a su imagen y semejanza.
Dicha toda esta parafernalia que no viene a cuento y que ya olvidé te comento:
Si yo, que soy de impulsos, de dar latigazos según me vienen y besos según los siento, ¿cómo voy a pararme a pensar la forma en decirte lo que siento? Si yo (repitiéndome), especialista doctorado en hablar sin pensar, no te lo he dicho ya en cualquiera de los momentos que hemos coincidido, no sé cómo lo haré despacito, con buena letra y pieza a pieza.
Espera, dejame terminar. Luego, si quieres, callaré y tus palabras serán mis únicas dueñas.
Empezaré por lo que más sencillo me resulta; ponerme a parir y unas cuantas cosas más:
No sé cantar, ni pintar, ni dibujar y si intento bailar se me enredan los pies y caigo. Puedo jugar a cualquier deporte pero ninguno se me da bien. No suelo dar paz ni tranquilidad. Aún menos se dar consejos que ni tan siquiera soy capaz de seguir yo mismo. El único peinado que sé hacerme es levantarme los pelos para arriba. Soy desconfiado; tal vez a causa de terceros.
No sé contar chistes, ni anécdotas; por consiguiente no sé hacer reir. Ni consolar ni animar. Soy un completo inútil de los sentimientos.
Tengo cara de tonto. Tanta y tan clara que cualquier que pase por mi vida, si quiere, me engaña. A pesar de ser muy desconfiado, caigo fácil.
Abdominales tengo, sí, uno. En altura me gana un doberman de pie.
Y a veces ni yo mismo me aguanto de lo insoportable que puedo llegar a ser.
Lo poco que tengo es coraje (que no es poco, el cual me sobra) para levantarme las veces que sean necesarias para continuar. Solo o en compañía.
Creo que sé escuchar y que la paciencia hizo de mi su hogar. Egoísmo no tengo, lo tuve y aprendí a dejarlo por el camino. Doy lo que tengo y lo que no tengo lo busco para darlo. Tal vez ahí radique mi punto débil.
Si alguien me importa, me vuelvo por esa persona aunque a veces duela. Lo doy todo por ella por lo que nunca le faltará de nada ni se sentirá sola.
Supongo que no todo era malo. Que rascando un poco siempre se puede encontrar algo duce. Pero [que en todas ocasiones existen los “peros”, que no los manzanos] en general, ya ves, asi los hay hasta en el reino animal.
¿Y qué te digo yo ahora? Que me gustas igual queda mejor dejarlo para los de quince años. Que te quiero o estoy enamorado de ti es demasiado, siendo sincero.
Díficl es encontrarte una o dos palabras adecuadas que sean capaz de dar forma a algo abstracto. Más fácil me resultaría decírte que no eres ni más, ni menos, de lo que busco o espero encontrar.
Eres sencilla, inteligente, preocupada y accesible. Lo suficientemente risueña para contagiarme.
No tienes temas tabús y te sobrna temas para conversaciones de meses de duración. Tienes esa cara y ese halo de inocente que tiene una niña de cuatro añitos pero con la madurez de una mujer en el ocaso de su vida.
Sabes hacer reír sin querer y sin saberlo. Con una broma, un despiste o una sonrisa.
Da gusto compartir el tiempo contigo. Llenas hueco y ayudas sin darte cuenta.
No tienes síntomas de una persona egoísta, rencorosa o traicionera. Mucho menos te imagino mintiendo.
Y eres guapa. Lindísima. Dan ganas de comerte con boquita pequeña para poder disfrutar cada mordisco...
Lo fácil está hecho. Dicho está y este escrito actuará de testigo para las veces que necesites.
¿Y ahora? Ahora nada. Esto no necesita retroalimentación. Lo que yo quiera o desee carece de importancia. Todos tenemos espectativas que a veces conseguimos cumplir y otras no alcanzamos.
Como puedes ver no lloro, no tengo cara triste ni de angustia. Ni tan siquiera melancolica o de corderito degollado. Estoy feliz, sonriendo y aceptando las que me vengan.
Tal vez por la costumbre, tal vez porque hay determinadas cosas que por mucho que otros lo intenten, no me afectan.
Ahora tú, si quieres, puedes hacer uso de mi silencio y hablar. Yo ya dije todo lo que tenía que decir.
“Cartas de un despreocupado.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario