miércoles, 18 de agosto de 2010

Ponte el reloj

Son las 7 de la mañana. Acabas de terminar el turno; de correr, de gritar, de acelerar, de agarrar, de escribir y de firmar. Acabas de alegrarle la vida a ese hombre y hacer que aquel otro te odie a ti y a los que visten como tú.
Han sido 3 días de intenso trabajo en el que has disfrutado y aprendido, pero ya has acabado. Vamos, cámbiate; o mejor ni te cambies, vete directamente. Y descansa, te esperan risas en un vaso de tubo.
Fresca, deliciosamente fresca es el agua que está cayendo por tu espalda. Y el jabón no podía oler mejor. Te relajas mientras miras hacia tus pies y ves como las gotas recorren tu cuerpo hasta perderse por el desagüe. Piensas en qué harás esa tarde, qué te pondrás esa noche y qué te deparará la madrugada.
Ni lo sabes. Nunca lo sabes. Al menos, no completamente.
Sonó el despertador, ya es la hora. Sí, vamos, despierta que tus compañeros (quizás la próxima vez le llamemos amigos) hace rato que te esperan ya, como siempre. Pero no pasa nada, ahora les invitarás a una caña, o a un cóctel, como la otra noche.
Os vestís y cogéis la puerta. Primero andáis entre esa muchedumbre que se pierde entre las 1001 una tiendas que allá ahí, apiladas unas junto a otras. Paráis, hay que tomar un café, tú una caña, y charlar un poco de esto, de aquello, de lo otro y de lo que no fue.
Ha pasado rato y hay que volver, que esto no ha hecho más que empezar.
Volvéis a casa; rápido, ducha rápida. Toalla, desodorante, una pierna.. Otra.. Camiseta.. No, esta no. ¿Está mejor? Sí, que ni pintao. ¿Listos? Guapísimos y llenos de alegría, como cada noche.
Coge las llaves, la cartera y la cámara. Coge tus ganas y tu felicidad y coge el camino a casa, que no sabes cuando volverás. Te queda el reloj, póntelo, que salimos ya.
Un metro… risas en el trayecto, no paráis. Cambiáis al siguiente y al segundo cuarto de hora ya estáis allí. En ese bar, entre esas piernas de punta negra junto a ese oro líquido, dorado para ti, morado para ellos.
Y los pedidos vienen y van, entrando sin parar entre más y más risas que no acaban. Anécdotas y fotos mientras se acerca la hora de entrada. La hora que habéis elegido para pasar otra vez la mejor noche de vuestra vida. Solo que sin saber que pasará esa noche, como todas.
Un hombre trajeado os da la bienvenida entre saludos y sonrisas y como reyes camináis a vuestro palacio. Allí espera la música, los cuerpos, el tormento y quien sabe si la lujuria y el calor.
Cada cara que te cruzas es diferente, y cada cual mejor. No sabes donde mirar, ni donde elegir. Las cosas van viniendo llenas y se van volviendo vacías. Las rondas de pequeños vasos se suceden. Quema, te arde la garganta en cada trago. La belleza empieza a ser general y no te extrañas.
No coordináis, al menos no igual que hace 5 horas. Cualquier cosa os hace reír y no paráis de…¿bailar? Sí, dejémoslo ahí.
Parece que aquella que te presentaron con tan buenas intenciones y que estaba lejos de ti ahora está más cerca. Te lo hueles, pero no te lo crees. Nunca te lo has creído por más que se ha repetido la situación. Por humildad, por desconfianza, por falta de moral o por importante tres mierdas, el caso es que vas a tu aire. Pasas. Al menos por fuera, por dentro te comen las ganas.
Se acerca la hora de cerrar y ves que te vas a volver igual que viniste. A diferencia de ellos. Han tenido más suerte o quizás y mejor dicho, más cojones. Pero no te importa, es rutina, no esperabas nada y por ende, no te revienta nada.
Pero os vais al mismo lugar, juntos, que no revueltos. Bueno sí, un poco. El alcohol tiene sus consecuencias.
Y allí estás, junto a ella en una cama que jamás has visto. En un lugar que quien sabe donde se halla y a una hora que no sabes cuando volverás.
No sabes en qué momento le has dado el primer mordisco ni recuerdas en qué momento le diste el quinto beso. Ni si quiera si ahora tu lengua está recorriendo su cuello o la suya tu pecho. Te da igual, como si se cayera el techo sobre vosotros. Ya no podéis parar. Ni quieres. Al menos no aún.
Pero como todo, tiene su fin. Te relajas, te tumbas… Dios, estás jodidamente a gusto. Te importa un carajo el resto de cosas y el día que es. Ya tendrás tiempo de pensarlo mañana.
Y de repente te has dormido. No sabes cuando ni como ni a que hora. Y cuando despiertas tampoco sabes cuanto has dormido. Solo tendrías que mirar el reloj. Pero mejor no hacerlo. Ya cuando llegues a casa.
Y llegas. La mañana hace horas que pasó y ahora toca descansar que esta noche repetiremos mismo proceso, mismas operaciones pero como siempre diferente resultado.
Vuelve a despertarte, dúchate, sécate, vístete, avísale, sal, camina, baja, sube, paga, pasa, vuelve a pagar, pide, ¡ostias! Aquí no pagáis. Traga, bebe, fuma porqué no. Vuelve a beber. Te vuelve a quemar. Te vuelves a marear. Pero no eres tú solo, las 400 personas más de tu alrededor también. Y tus compañeros más.
Llego la mañana, volver a casa que sino, no descansaréis.
No intentes apagar ese taladro, ese martillo o esos tambores. Es la resaca. Tu resaca y la de él también. Ahora os arrepentiréis de beber tanto y os alegrareis del puto fin de semana tan maravilloso que habéis pasado.
¿Quedarse en casa? No, vosotros no. Último día y no descansareis. Vuelta a salir por ahí aunque sea más tranquilamente.
Vuelta a llegar a casa de noche y a dormir.
Suena el despertador, hay que currar. Pasan las horas, volvéis a currar. Y otra vez, hasta que llegan las 7 de la mañana de nuevo de ese tercer día.

Duérmete. Despiértate. Métete en la ducha y vuelve a mirar hacia tus pies. Sécate, vístete. Colonia, ropa, zapatos.
Coge las llaves.
Ponte el reloj, que salimos ya.

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