Vamos a representar una obra, puede que sea larga, o puede que sea corta. Los actores serán numerosos, algunos se verán, otros no serán más que figurantes que no tendrán el derecho a ser mencionados. Aquí no hay buenos, ni malos. No hay vencedores ni vencidos. Esta obra no tendrá final feliz, como no tendrá principio trágico.
No va a ir cronológicamente ordenada. No seguirá un guión así que el lector puede marearse. En tal caso pare, y vuelva a leer. Pero no se ofusque, pues seguir un precepto no cambiará en nada la historia.
Solo será una narración vista desde los ojos de este garante. No teniendo que ser la verdad absoluta pero tampoco se alejará demasiado a la realidad común. Simplemente es una opinión general vista con un rasero particular.
Pongamos una ciudad, por ejemplo: Madrid.
Una ciudad con millones de personas correteando de un lado a otro. Desgastando el suelo a cada pisada, comprando y gastando miles de euros. Riendo, llorando a cada esquina. Madrid te da y te quita. Lo que tienes hoy, no lo tendrás mañana y lo que te escamoteó ayer te lo devolverá pasado.
Tendrás todo lo que quieras servido en la mejor copa. A la hora que desees y acompañado de quien anhelas.
Ahora pongamos un par de barrios: Latina, Hortaleza, Sol o Chueca.
Chueca… Lugar de luces, cuero ajustado y perversión disfrazada de inocencia.
Si eres una persona libre de prejuicios con ganas de divertirte, reír y conocer gente agradable sin tabús, sin ganas de prejuzgar a nadie por como viste, por como habla o por como es.. Éste es tu sitio. No te arrepentirás. Yo no lo hice a pesar de lo que puedan decir algunos. Me lo pasé en grande y no vi daño en ninguna parte.
Cambiemos de acto: el trabajo.
Este cronista tiene la suerte de hacer lo que más le gusta en el lugar que prefiere. Pone su granito de arena a que haya un mundo mejor aunque la mayoría no lo vea así. A muchos les duele que yo junto al resto de los míos estemos ahí las 24 horas del día, los 365 días del año. Y no somos bien recibido por muchos pero elogiados y queridos por poco.
Éste que habla ha empezado a vivir cada día los 5 peores minutos de la vida de los demás. Como también ha visto a un hombre abrazarse a sus hijos entre lágrimas, después de mucho esperar. La vida ya no es llegar a casa y tener el plato caliente sobre la mesa bajo la seguridad de tu techo. Esto es así. Y a este que te entretiene, le encanta.
Volvamos a la metrópolis, al ocio. Caminemos junto al Oso y el Madroño. Paseemos entre las decenas de tiendas. Paremos junto al reloj. Esto es Sol.
¿Tienes hambre? Volvamos donde casi cada día y pidamos una caña y él un tinto. Comamos a gusto, riamos mejor.
Ahora caminemos y vayamos a un sitio de esto que tanto nos gusta a cualquiera de nosotros… Pongamos como ejemplo Joy Eslava Madrid.
Y aquí entran en juego los personajes. Hoy en día, en este mundo de lo superficial, lo bonito y lo perfecto, la gran mayoría no es nadie. No pinta ni cincela nada. Si no tienes esa característica que el tiempo se encarga de destrozar, no eres nadie.
Llamémosla belleza.
No le hablo de que no tenga una décima parte; le hablo de que no tenga esa cantidad que este mundo exige para devolverte la sonrisa. Le hablo de tener hambre y no poder comer. Le hablo de tener que pedir un vaso de agua y se lo de nieguen.
Si usted, como yo, está hecho de la pasta de los mortales, de los corrientes, de los que disfrutan cada poco que tienen, me estará dando la razón.
Basta dirigir la mirada a la pista, al palco o al reservado. Allí verá al otro grupo de actores, minoría por otra parte, actuando. Haciendo valer su papel y su buen quehacer para engatusar. Para representar la mejor de las obras y la más difícil de representar: el engaño.
Y su público cae rendida entre aplausos y silbidos pues creen que esa obra que están viendo es solo para ellas. Que nadie más tendrá el derecho y el placer de verla. Pero basta que esperes unos minutos y dirijas tu mirada hacia otro lado y allí los verás: de nuevo representando la misma representación [valga la redundancia] con las mismas sonrisas, las mismas promesas que caerán al vacío y las mismas miradas que intentan llegar al alma. Pero ¡OH! Sorpresa, el público es otro.
Otro diferente pero igual de estúpido e inocente. O tal vez mazocas, o quizás peores que ellos. El caso es que usted y yo seguimos a lo nuestro, nos contentamos con nuestros momentos de risa, de intentar pero no llegar. ¿Resignación? No. Le seré sincero:
En otro momento y lugar, en otra vida, tras otros pasos diría que envidio a estos personajes. Sí, no me costaría reconocerlo. Envidiaría esa vida, esos momentos, esos cuerpos que tocan y esos ratos que pasan.
Pero querido lector, transeúnte que pasaba por aquí y se detuvo, querido amigo: Yo no soy un idiota. No soy un muñeco de plástico vacío sin más aspiraciones que brillar ante el espejo. Por suerte en su día viví mis momentos; también tuve una audiencia bella, de las más bellas que jamás podrá encontrar por cualquier acera.
Y se fue, como se irá su belleza tras el paso del tiempo.
Y aprendí a que no todo lo que reluce es más bello. Que lo bonito engaña. Una sonrisa puede ser bonita pero sus dientes ser falsos. Adoro lo natural, lo que es bonito porque llegó así, sin cambios. Sin malas artes, sin malas intenciones.
Y por eso ahora no les envidio. Porque el teatro que yo represento es pequeño. Lo suficientemente pequeño para que solo puedan pasar el mínimo número posible a verlo: los únicos capaces de apreciar la sinceridad.
Pues en el mío verá a un actor de corte medio, sin nada que destaque sobre el resto. Le verá y le observará corriente. Le verá gritar y enfadarse pero también podrá verle sonreír y abrazar a quien lo necesita, aún después de que le apuñalara.
Podrá ver como se gasta mucho dinero en vicios que todos tenemos y no lleva a ningún lado pero querido amigo, también le verá comprando algo de comida a la hora que amanece para dársela a un caballero que pasaba por allí pidiendo a los viandantes algo para llevarse a la boca. Pues a este actor no le gusta el teatro, aunque trabaje en uno. Él no actúa como el resto. Simplemente ha coincidido que está ahí, en un escenario viviendo su vida mientras el resto le observa.
Y por eso el público es siempre el mismo: porque amigo mío, solo aquellos que conocen de verdad a una persona y la aceptan como es, con sus virtudes, con sus defectos, con sus necesidades y sus sobras, solo ellos podrán admirar la profundidad de su corazón.
Y no les parecerá una obra banal y aburrida. Común y simple.
Se verán reflejados, se sentirán como él. Verán en ese joven bajo los focos a su vida, no su teatro.
Así que amigo, ahora que nos hemos conocido y que ha tenido el detalle de pararse ante mí a escuchar lo que yo tenía que decirle me tomaré la confianza y el placer de invitarle a pasar.
Se lo he dicho, es pequeño, pero siempre hay huecos libres. No le exigiré fianza, no le pediré nada a cambio de la butaca. Nada material, nada carnal. Ni siquiera bonitas palabras, ni que aplauda.
Solo le pediré una cosa cuando entre y se siente: No se quede en silencio. Lo que no le guste, rebátalo pues el actor está abierto a cambios. Disfrute con lo que ve y si le gusta quédese en ese asiento, el cual será suyo para siempre a partir de ese momento.
Sin pedir nada más que su compañía hasta el fin de los días.

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