miércoles, 18 de agosto de 2010

A cien metros de la gloria.

Tal vez sea prematuro echar las campanas al vuelo. Tal vez sea precipitado empezar a sonrerir y reir por algo que apenas ha empezado. Tal vez, y digo solo tal vez, no sea idóneo creer que el futuro va a ser mil veces mejor que el presente.
No lo sé, alomejor lo sabré dentro de un tiempo.
Pero ahora lloro. Lloro y sonrio a la vez. Es alegría, ilusión. Es estar llegando a la meta sudando, con el corazón a punto de salir del pecho desgarrando la piel y los pulmones ardiendo como la más caliente de las llamas. Llegar y tirarte al suelo, mirando al cielo, llenando los pulmones de litros de aire y sonreir. Pegar un grito con las manos al cielo. Mirar a quien te ha estado animando en esa carrera. Por pocos que fueran te llevaban en volandas.
Volver a llorar. Sí, estoy llorando mientras escribo esto.
Mientras mis compañeros terminan de acostarse después de otro dia estupendo junto a ellos. El futuro profesional promete. La ciudad invita y los compañeros que he tenido el placer de tener enganchan.
Sí, ya estoy llegando, la meta está ahí. A un sprint, a un solo esfuerzo.

Ahora dejaré de llorar para centrar todas mis fuerzas en los últimos 100 metros y, cuando llegue, extasiado, cansado, sin fuerzas en el cuerpo me tiraré al suelo, gritaré, alzaré los brazos y volveré a romper a llorar.
Porque habré ganado.

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